Los protagonistas de esta historia se llaman Anyi y Roberto. Roberto narra y Anyi es la estrella. Se llaman Anyi y Roberto pero con un poco de imaginación podrían llevar cualquier otro nombre. Él podría llamarse, pongámosle, Gervasio, Ernesto o algo aun más raro: Ignacio. Ella, ella tiene un nombre pero no le gusta. Y tal vez por eso se anda poniendo nombres de personajes trágicos como Gala, Sadako, Emily... Pero su verdadero nombre... su verdadero nombre es Consuelo.
Rima XVII
A mí siempre me gusto ella. Tiene un no se qué que la hace más linda que el resto de las chicas. Y no hablo de lo físico. Por supuesto que es linda pero chicas lindas hay muchas. Ella es especial. Tiene esa chispa en la mirada que hace que su belleza vaya más allá de lo común. Esa forma de decir las cosas que te perturba, te deja pensando y al mismo tiempo su mirada te deja una sensación de dulzura incomparable.
Yo, por mi parte no tengo ni idea de cuándo le empecé a gustar a ella. Soy un chico bastante tímido de esos que con la edad y la vida fueron perdiendo la timidez pero sólo para algunas cosas. Puedo pararme al frente de veinte personas y contarles historias bastante aburridas sobre productos que no tienen sentido sin que se aburran pero nunca pude pararme frente a ella y decirle que me gusta.
Hasta hoy nunca pasé de una insinuación chistosa, de una caricia distraída que se pretende jocosa. Nos conocimos un fin de semana como cualquier otro al borde de la pileta. Como el verano es más lindo al borde de la pileta pasamos muchos fines de semana juntos. Siempre viniendo con mucha más alegría cuando sabía que ella estaría ahí.
Después de incontables fines de semana sin animarme a decir nada dejamos de vernos. La vida nos separó y yo no tenía ninguna excusa para llamarla. Más bien no tenía ninguna excusa que me pareciera suficiente para llamarla sin que ella se diera cuenta de que lo que quería era simplemente estar con ella, volver a verla. Los años pasaron y no había ya casi esperanza de volver a verla. Nuestras vidas siguieron caminos distintos, ella salía con otros chicos, yo con otras chicas. No muchas porque siempre me costó eso de llamar a las cosas por su nombre. En realidad no, el problema no era con las cosas. El problema era y es con las cosas personales.
Pero hoy, hoy es un día especial. Aun no lo sabía entoncecs pero mi vida va a cambiar. Hoy se casa la dueña de la pileta que nos presentó. ¿Qué digo? La pileta no nos presentó, fue la dueña. Amiga muy querida por los dos, ambos seguimos viéndola pero por separado. Los dos estamos muy contentos por nuestra amiga. Encontró al hombre correcto, un tipazo, y hoy se casa.
El tiempo ha pasado y mucha agua corrió bajo el puente. Hoy vivo al otro lado del Atlántico y ella ha venido desde el fin del mundo para este casamiento. Hace unos días me anunciaron que iba a estar en la mesa con ella. Una chispa se encendió en mi corazón. Una chispa muy tenue porque hacía ya mucho tiempo que no la veía y enseguida me di cuenta de que era una estupidez alegrarse. Seguro que ella ya se había conseguido un novio. Seguro que pronto también se casaría.
Cuando llegamos a la mesa, el destino y los amigos nos sentaron juntos. Sin ninguna intención particular por parte de los amigos pero con total premeditación por parte del destino. Ahí nomás me di cuenta de que había venido sola. Aunque traté de no emocionarme por adelantado tomé debida nota. No era mucho pero era un avance. Ella estaba más linda que nunca, una pollerita verde, un corset negro (no me mates si no era así). No nos ilusionemos, no nos ilusionemos que el partido todavía ni siquiera empezó. Con el correr de la noche la charla se fue amigando y el baile también. A mi no me gusta bailar. Excepto cuando es de a dos. Y si bien no soy un gran bailarín, sé divertir a su compañera manteniendo el número de pisadas al mínimo posible. Ahí fue cuando las cosas empezaron a volver a su lugar de hace muchos años, casi ocho. Empecé a abrigar esperanzas. Esperanzas de esas infundadas que se rebaten enseguida con un “Te estás haciendo la película, flaco”. Frase que no necesita uno escuchar de ningún amigo, viene sola, de adentro.
Pero ella me tenía reservado el mejor baile. Ese en el que no se mueven los pies ni las caderas sino los labios. Y aunque tardé más de ocho meses en decidirme a bailarlo fue esa noche, esa misma noche que ella me lanzó la invitación como los guapos de antaño se lanzaban el guante en el viejo mundo. Antes del final de la fiesta escuché de sus labios lo que no quería escuchar, lo que temía desde que empecé a pasarla bien con ella: “Me voy a casa”. El mundo se derrumbó sobre mí, como a los antiguos galos, se me cayó el cielo sobre la cabeza. A la película se le enroscó el rollo y el celuloide se me quemó con la lámpara. Catástrofe. ¡Tan bien que la estábamos pasando y se va! Pero… si me dijo que hacía mucho que no se divertía tanto... si nos estábamos divirtiendo. ¡Nooooooooo!
Che, tenemos que volver a vernos, agregó despidiéndose…
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...,
¡hoy creo en Dios!
lunes, noviembre 14, 2005
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